sábado, junio 22, 2024

“Agustín de Foxá: un poeta diplomático”

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Un artículo de José María García de Tuñón Aza

Decía el catedrático, de la Universidad de Oviedo, José María Martínez Cachero, que la mejor novela que se escribió en la zona nacional, durante la guerra civil, había sido «sin duda Madrid de corte a checa, de Agustín de Foxá». En 1993 volvería a salir una nueva edición que fue acogida favorablemente por la crítica, aunque no faltó quien como Ignacio Camacho en el periódico Diario 16 censurara al editor Lara por haberla reeditado, a la vez, cómo no, que también critica a su autor porque para él «el fascismo español no fue políticamente fecundo ni intelectualmente brillante». Independientemente de lo que este intruso de la crítica literaria entendía por fascismo decir, por ejemplo, que Cela (Premio Nobel), Lain Entralgo, Torrente Ballester, Luis Rosales, Gerardo Diego, Josep Pla, Manuel Machado, Concha Espna, Azorín, y un larguísimo etc., no eran intelectualmente brillantes es, sencillamente, no tener ni idea de lo que se escribe.

Foxá nació en Madrid el 28 de febrero de 1906 cuando era Miércoles de Ceniza y como él mismo decía, «entre mascarones y una charanga que tocó la Marcha real, lo que mi padre consideró de muy buen augurio». Cursó sus estudios de bachiller en el colegio de los Marianistas donde escribió versos en un periódico que hacían los propios estudiantes que se llamaba De todo un poco, y en donde publicaría un romance dedicado al Cid, que sería su primer trabajo que vería luz en un folleto. Después hizo Derecho, en la Universidad de Madrid, y, una vez finalizado los estudios universitarios, opositó al Cuerpo diplomático, desempeñando su primer cargo en la Legación de Bucarest en 1930. Siguieron Sofía y Budapest y a continuación un ascenso a secretario de embajada que estrenó en Roma. Después vendrían otros destinos en Europa-América, y su última misión diplomática sería Filipinas.

Su amistad y admiración por José Antonio Primo de Rivera le llevó a ser uno de los poetas que, junto con Pedro Mourlane Michelena, Rafael Sánchez Mazas, José María Alfaro, Dionisio Ridruejo, el propio José Antonio, la colaboración de Luis Bolarque y del maestro Juan Tellería, compondrían el himno falangista Cara al sol. Todo comenzó durante una cena en el restaurante vasco «Or-Kompón» situado en la calle madrileña Miguel Moya. Era el cuatro de diciembre del año 1935 y años después César Vidal, autor de un libro nada favorable a José Antonio, llegó a escribir que «no deja de ser curioso que los versos más conseguidos se debieran no a literatos como Foxá o Alfaro sino precisamente a José Antonio».

Foxá recuerda por primera vez a José Antonio volviendo de Segovia. Probablemente los dos habían coincidido en La Granja en casa de Marichu de la Mora, donde también estaba la poetisa Ernestina de Champurcín y Dionisio Ridruejo. Era una velada literaria y Foxá hizo entrega a la dueña de la casa uno de los primeros ejemplares de La niña del caracol que acababa de publicar. «Aquella tarde -dice Riduejo-, oí por primera vez el conocido y algo proustiano Coche de caballos de Foxá, en la mejor vena de su línea neorromántica. José Antonio, quizá para animarme, me advirtió sobre los riesgos de contagio de aquella manera reminiscente de Foxá». Lo vería por última vez en la cárcel de Madrid y después le conmovió su testamento y la carta que le escribió a Rafael Sánchez Mazas: «…Te confieso que me horripila morir fulminado por el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos, frente a caras desconocidas y haciendo una macabra pirueta. Quisiera haber muerto despacio, en casa y cama propia rodeado de caras familiares y respirando un aroma religioso de sacramentos y recomendaciones del alma; es decir, con todo el rito y la ternura de la muerte tradicional. Pero esto no se elige… ».

El poeta diplomático, dedica varias páginas a José Antonio: el amigo, en sus recuerdos, donde, entre otras cosas escribe: «José Antonio transformó en amor aquel simple deseo. Porque entendía el alma metafísica de su país y su segura vocación de Imperio. Por eso, desdeñando el viento amorfo de la gaita quejumbrosa de añoranzas (¡oh!, morriñas de prados y ríos, sardanas y aurrescos regionalistas, que desembocaron en la sangre fratricida de los separatismos), él opuso las cuerdas contadas de la lira y definió genialmente a la Paria como a una unidad de destino. Porque el prado nativo se agosta y se seca el arroyo de nuestra niñez, pero dos y dos seguirán sumando cuatro, como desde el principio del mundo».

La Guerra Civil le coge en Madrid y a punto estuvo de ser fusilado cuando unos rojos querían llevarlo a la Casa de Campo para terminar con él. Su pasaporte diplomático, era en ese momento cónsul de España en Bombay, le salvó la vida. «Bueno, vámonos, dijo uno de ellos, de poco nos cargamos a un indio». Efectivamente, antes del 18 de julio el Gobierno de la República le había destinado a Bombay y después lo dejaron «en comisión» en el Ministerio. Al encontrarse en grave peligro, ya que constantemente se veía obligado a cambiar de domicilio, convenció al ministro para que lo dejara marchar a su puesto donde serviría mejor a la República, porque obviamente no había presentado su dimisión pues de haberlo hecho hubiera significado una muerte segura.

Al fin lo trasladan a Bucarest.

Llega a Burgos a últimos de 1936 y al poco tiempo comienza a escribir su novela Madrid de corte a checa que finalizó en Salamanca en septiembre de 1937. En abril de 1938 se publica editada por «Ediciones Jerarquía», cuya edición se agota enseguida. Muy pronto habría una segunda, corregida y aumentada, editada en San Sebastián por la «Librería Internacional». Desde su incorporación a la zona nacional, colabora en la revista Jerarquía dirigida por el sacerdote Fermín Izurdiaga. También aparecen sus colaboraciones en el periódico Arriba España, de Pamplona, donde en un artículo publicado el 4 de agosto de 1937 dedicado a Salvador de Madariaga, termina con estas duras palabras: «La Nueva España, afirmativa, ofensiva, violenta, respeta mil veces más a los rojos que nos combaten cara a cara, que a ti, pálido desertor de las dos Españas, híbrido como las mulas, infecundo y miserable»

El 8 de noviembre de 1958, desde Manila, escribe a su padres: «Estoy desolado, solo. La horrenda enfermedad que desde hace cinco años me destruye, aunque amenguada, no ceja. Te aseguro que soy uno de los seres que está soportando al máximo el martirio… No me interesa nada de nada. Estoy muerto. Ni escribo. Ha sido y es, una horrenda tragedia». Regresa gravemente enfermo a España a mediados de junio de 1959 y fallece el día 30 del mismo mes en Madrid. Entre sus últimos manuscritos apareció este hermoso poema titulado Melancolía del desaparecer.

Que da comienzo con estos versos:

Y pensar que después que yo me muera

aún surgirán mañanas luminosas,

que bajo un cielo azul, la primavera,

indiferente a mi mansión postrera,

encarnará en la seda de las rosas.

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